Cantigas de Santa María

Actualizado 07/09/2009 11:27

museo de pontevedra

El Museo cuelga de sus balcones cuatro reproducciones de las miniaturas que ilustran el códice T.I.1, conocido como “códice rico” de las Cantigas de Santa María, del rey AlfonsoX El Sabio, códice que se custodia en El Escorial.

Alfonso X hizo la primera recopilación de cien “Cantigas” en 1275, llegando a realizar 423 composiciones hasta su muerte en 1284.

El “códice rico” de El Escorial reúne 193 “Cantigas” y se denomina así por ser el que posee el mayor número de ilustraciones miniadas, de manera que cada “Cantiga”, además de la música anotada en la primera estrofa, se complementa gráficamente con la representación de los hechos narrados. Fue transcrito, entre otros, por José Filgueira Valverde, especialista en literatura medieval, con un extenso estudio introductorio y con comentarios a cada una de las “Cantigas”, y editado en facsímil por EDILÁN en 1979.

En el balcón del edificio “Castro Monteagudo” cuelga la reproducción de la ilustración que figura en la cabecera de la cantiga A, o prólogo, en la que Alfonso X, después de enumerar sus títulos como monarca, expone su idea de honrar a Santa María con esas composiciones, tanto de loor como de milagros obrados por su intercesión. Puede verse a Alfonso X en el centro, dictando la letra y la música a dos clérigos, que, sentados, copian en pergaminos. A la izquierda, tres juglares músicos, dos con vihuelas o fídulas y el tercero con una guitarra latina, instrumentos típicos medievales. A la derecha, cuatro clérigos se preparan para cantar.

En el del “Fernández López” aparece la ilustración de la “Cantiga” 186, en la que se puede ver la primera representación de hórreos gallegos, con casi todos los elementos, lo que indujo a algún investigador a pensar que tal vez el ilustrador fuese de origen gallego, aunque el tema de la cantiga se sitúe en Jerusalén. Las miniaturas representan a los monjes de un monasterio que, en una época de escasez, piden ayuda a la Virgen, y que luego encuentran sus hórreos llenos de trigo. (Hay que tener en cuenta que el maíz no llega a España desde América hasta comienzos del siglo XVI). Una nueva época de escasez obliga a los monjes a pedir ayuda a la Virgen, que les socorre con gran cantidad de oro que aparece sobre el altar.

La primera del “García Flórez” ilustra la “Cantiga” 103, cuyo tema enlaza con San Ero de Armenteira, adornado por una leyenda similar. Narra como un monje estuvo dormido durante trescientos años escuchando el canto de un pajarito, descubriendo así el Paraíso. La ilustración muestra al monje pidiendo a Santa María que le muestre el Paraíso; luego, al monje en un frondoso huerto con una fuente; el monje dormido escuchando el trino del pájaro en la cima del árbol; el monje de regreso al convento, que encuentra muy variado y con nueva fachada; los demás monjes que no le conocen y él les cuenta lo que la había sucedido, y todos dando gracias ante la imagen. La “Cantiga” 103 fue el tema sobre el que Filgueira Valverde realizó su tesis doctoral.

La segunda del “García Flórez” corresponde a la “Cantiga” número 19 y muestra algunas de las armas utilizadas y de las armaduras de los caballos, representando a los tres caballeros persiguiendo a un enemigo que se encierra en una iglesia, pero lo matan ante el altar de la Virgen; como castigo de Santa María les cae un fuego encima cuando querían salir de la iglesia, cayendo en el suelo sin poder levantarse hasta que se arrepienten; van luego a confesarse ante un obispo, solicitando penitencia, la cual consiste en que sus espadas sean destruidas y convertidas en cinturones que luego habrán de llevar en la cintura. La segunda del “García Flórez” corresponde a la “Cantiga” número 19 y muestra algunas de las armas utilizadas y de las armaduras de los caballos, representando a los tres caballeros persiguiendo a un enemigo que se encierra en una iglesia, pero lo matan ante el altar de la Virgen; como castigo de Santa María les cae un fuego encima cuando querían salir de la iglesia, cayendo en el suelo sin poder levantarse hasta que se arrepienten; van luego a confesarse ante un obispo, solicitando penitencia, la cual consiste en que sus espadas sean destruidas y convertidas en cinturones que luego habrán de llevar en la cintura.

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