Abanico telescópico de mil caras

Actualizado 06/04/2011 14:32

museo de pontevedra

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Entre las décadas de 1850 y 1890 se popularizó, entre las mujeres de las clases más adineradas, un tipo de abanico fabricado en Cantón conocido como de “mil caras”. Debían su nombre al gran número de personajes que aparecían representados en sus países y sin duda, las clientas occidentales encontraban en estas piezas, que tenían un alto precio, el exotismo y el misterio que en general provocaba todo lo llegado de Oriente.

Entre las décadas de 1850 y 1890 se popularizó, entre las mujeres de las clases más adineradas, un tipo de abanico fabricado en Cantón conocido como de “mil caras”. Debían su nombre al gran número de personajes que aparecían representados en sus países y sin duda, las clientas occidentales encontraban en estas piezas, que tenían un alto precio, el exotismo y el misterio que en general provocaba todo lo llegado de Oriente.

El abanico que mostramos pertenece a esta tipología. Presenta varillas de madera de bambú, lacadas en negro, dorado y con pequeños toques de rojo, en las que se representan escenas cotidianas enmarcadas por una profusa decoración vegetal y animal. Inusualmente, el lacado continúa a lo largo de las espigas, ya con una decoración mucho más estilizada, dado que éstas quedarán a la vista cuando el país del abanico se deslice sobre ellas para aumentar o disminuir su tamaño, de ahí la denominación de telescópico.

Resultan especialmente interesantes los signos que aparecen ocultos en el extremo de las mismas, que servían a los artesanos como guía numérica para ordenar las varillas a la hora de montar el abanico. No emplean el alfabeto chino, sino logogramas específicos del oficio*.

El país, doble, es de papel, pintado al gouache en vivos colores. Tanto en el anverso como en el reverso se representan escenas cortesanas en las que hombres y mujeres deambulan o charlan animadamente, enmarcados por arquitecturas ligeras y abiertas a espacios verdes. Para dar mayor riqueza al abanico, sus vestidos están elaborados con seda recortada y pegada sobre el papel pintado, y sus caras con placas de marfil finamente iluminadas.


Sin duda estos detalles llamaban poderosamente la atención a sus poseedoras occidentales, tal y como debían de hacerlo también las costumbres que se reflejan a través de ellos. Así, si nos fijamos en las damas, lo primero que llamará nuestra atención serán sus diminutos pies. Son la consecuencia de una práctica a la que se veían sometidas en la infancia las mujeres de las clases acomodadas y que se mantuvo hasta principios del S. XX, cuando por fin fue prohibida. Se trataba de conseguir que el pie no sobrepasase, en la edad adulta, los 10 cm de largo y que fuese muy estrecho y arqueado.


Para conseguirlo, se las sometía a una tortura que duraba años: a partir de los cuatro o cinco años se les vendaban los pies de manera que todos los dedos, a excepción del pulgar, quedasen doblados bajo la planta, para lo cual era necesario romperlos. A la vez, mediante fuertes vendajes, se arqueaba todo el pie de forma que el talón y los dedos se aproximasen lo más posible. Con este método, tras años de intensos y constantes dolores, los pies quedaban con el tamaño “adecuado”. Así reducidos, simbolizaban la castidad de la dama, además de proporcionarle un gran poder de seducción, en parte por su misterio, pues nunca eran mostrados sin vendas.

Otra costumbre curiosa, que también podemos contemplar en las figuras femeninas, era, entre las mujeres casadas, la de rasurarse el cabello a la altura de la frente para que ésta pareciese más despejada, recogiéndose además el cabello con una aguja adornada con flores. Para el maquillaje, siempre presente en las damas chinas de cierta posición, dos eran los colores principales: El blanco, realizado con polvo de arroz, se empleaba como base del maquillaje y sobre él pintaban sus labios con carmín, perfilándolos de modo que pareciesen más gruesos y diesen a la boca el aspecto de ser mucho más pequeña de su tamaño real.


El atuendo era sin duda un punto más de atención. La dinastía manchú, reinante entre 1644 y 1911, dictó leyes que regulaban la indumentaria, asignando ciertos criterios estéticos que podemos contemplar aquí. Para los hombres se impusieron, por ejemplo, las botas altas, los gorros con alas a los lados o la práctica de superponer varias chaquetas (detalle que también vemos en las damas). Todo, incluso los colores de las telas, estaba reglado.

Y rodeando a todos estos personajes y escenas, una orla, a modo de cenefa, bordea el país. En ella se suceden una serie de símbolos budistas y taoístas que se empleaban como propiciatorios de buena suerte.

Por último, destacaremos el hecho de que estas piezas se vendían dentro de preciosas cajas lacadas que, en su interior, aparecían decoradas con seda pintada al estilo del abanico que guardaban.


Fátima Cobo Rodríguez

Conservadora del Museo de Pontevedra

BIBLIOGRAFÍA

VV.AA. Abanicos. La colección del Museo Municipal de Madrid. Madrid, 1995.

VV.AA. Colección de abanicos del Museo Nacional de Cerámica. Valencia, 2000.

VV.AA. El abanico español. La colección del Marqués de Colomina. Valencia, 2008

*Agradecemos al Sr. Longbo Lin el habernos facilitado esta información

Diputación de Pontevedra Museo de Pontevedra