Los grandes almacenes parisinos de entre siglos (XIX-XX) en las colecciones del Museo

Actualizado 27/05/2011 12:47

museo de pontevedra

El desarrollo económico que se dio en Europa a lo largo del S. XIX, gracias a la Revolución Industrial, tuvo directa repercusión en la aparición, fundamentalmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX, de la industria de la moda.

Dos factores fueron determinantes, por un lado las mejoras tecnológicas: el desarrollo de tintes químicos para las telas, la invención de la máquina de coser, la elaboración industrial de encajes o la aparición de nuevos materiales como la marfilina, la ebonita o el celuloide. Se abarataban de este modo los costes de producción, haciendo tanto trajes como complementos accesibles a un gran número de personas. Por otro lado, la emergencia de la clase burguesa proporcionará la masa de clientes necesaria y suficiente para hacer despegar y desarrollarse a esta industria.

Aparece de esta manera un nuevo tipo de cliente en las tiendas de moda, más numeroso y a la búsqueda de una mayor variedad de productos que además, cada año e incluso cada temporada cambiarán. La pauta para las variaciones en la moda la marcará París. En toda Europa se mirará hacia esta ciudad para saber que está o no está en boga, tema del que se informa puntualmente en las revistas femeninas de la época o en secciones fijas de muchos diarios.

Es precisamente en la capital francesa donde dará comienzo una nueva manera de vender y como consecuencia, una nueva manera de comprar: los Grandes Almacenes. El primero de ellos aparece en la década de los 50, de la mano de dos socios: Aristide Boucicaut y Paul Videau que, partiendo de una tienda de novedades y mercería, e inspirándose en la disposición de las casetas de la Exposición Universal de París de 1855, fundan un establecimiento, la Maison Bon Marché, que será guía para los que posteriormente irán surgiendo: Le Louvre en 1855, la Belle Jardinière en 1856, Le Printemps en 1864, las Galeries Lafayette en 1894…

Sus características serán comunes: un gran establecimiento dividido en varias plantas y numerosas secciones con un gran número de productos distintos. Los clientes pueden circular libremente entre las mercancías sin necesidad de comprar, se etiquetan los productos, eliminado así el regateo, se permiten cambios y devoluciones, se renueva habitualmente la mercancía y se introducen las liquidaciones y saldos. Además, cuentan con servicio de entrega a domicilio y, para los clientes extranjeros, con vendedores que hablan diferentes idiomas y que les acompañan en sus compras. Igualmente, se dotará a estos establecimientos de los grandes adelantos del siglo: disponen de ascensores, escaleras automáticas y luz eléctrica y se ubican en grandes avenidas, de modo que, casi desde el momento en el que aparece el metro en París, se podrá acudir a ellos mediante este transporte.

Pero posiblemente lo que realmente dio a estos establecimientos carácter internacional fue la creación de catálogos de venta por correo, traducidos a varios idiomas, que publicitaban en las revistas femeninas de moda, además de facilitar muestrarios de tejidos a sus clientes que, de esta manera, se aseguraban de conocer bien el producto que compraban.

De esta forma, clientes que por falta de tiempo o de posibilidades económicas no podían ir a comprar a Paris, lo hacían desde sus propias casas. Pontevedra no fue ajena en absoluto a este fenómeno, y aunque no son numerosas las muestras que de ello tenemos en el Museo, si son suficientemente significativas para afirmar que las damas burguesas de Pontevedra seguían esta moda.


Fátima Cobo Rodríguez

Conservadora del Museo de Pontevedra

Diputación de Pontevedra Museo de Pontevedra