Los hermanos García de Nodal y la Tierra del Fuego

Actualizado 19/09/2012 14:24

museo de pontevedra

Un 27 de septiembre pero de hace 394 años (era el año 1618), dos carabelas partieron de Lisboa mandadas por dos marinos pontevedreses: Bartolomé y Gonzalo García de Nodal. Su misión era comprobar la veracidad de la existencia de un nuevo paso para entrar en el océano Pacífico: El cabo de Hoorn, descubierto el 29 de enero de 1616 por los holandeses Willem Schouten y Jacob Le Maire.

Los expedicionarios le habían puesto esta denominación en recuerdo del puerto holandés del mismo nombre y de uno de los dos barcos de la expedición que se había incendiado cuando lo estaban carenando. En España lo llamarían finalmente cabo de Hornos.

En 1621, solo dos años después del regreso de los hermanos García de Nodal, se publicó en Madrid la Relación de su viaje. De este libro se hizo una reedición en el último tercio del s. XVIII que se puede consultar en la Biblioteca del Museo. En él se van describiendo las vicisitudes del trayecto -también, como era habitual en muchas expediciones, con un intento de motín- hasta alcanzar plenamente su objetivo, regresando sin ningún fallecimiento a bordo -algo inusual- después de nueve meses y medio.

Además de comprobar la veracidad de los descubrimientos holandeses (estrecho de Le Maire, cabo de Hoorn), llegaron más al sur que ellos, hallando una isla (en realidad un archipiélago) a la que le darían el nombre de Diego Ramírez (el piloto mayor de dicha expedición), y circunnavegaron por primera vez la Tierra del Fuego, al navegar por el Pacífico hacia el norte para embocar y recorrer el estrecho de Magallanes de oeste a este. A los diferentes puntos de aquella costa tan recortada le irían poniendo nombres muchas veces correspondientes a enclaves de la costa de Galicia y especialmente de la ría de Pontevedra.

Los lectores interesados encontrarán al final de estas líneas más información sobre este acontecimiento y también la transcripción de una de las partes más entretenidas del relato, cuando navegando por el estrecho, que los holandeses llamaron, con todo merecimiento, de Le Maire y los Nodales de San Vicente, descubren una bahía con una buena playa para abastecerse de agua, a la que le llamaron del Buen Suceso. Allí desembarcan y toman contacto con los nativos de la Tierra del Fuego. Tendrían que pasar ciento cincuenta años hasta que otro marino europeo desembarcase en aquel lugar: el capitán James Cook. El célebre navegante inglés diría de aquellas gentes que eran las más pobres y miserables de todas las que halló en sus múltiples viajes.

José Manuel Castaño García

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